Honda Express – Parte 1: La Hondita

Mi viejo laburaba en un taller. En parte de pago, no se si fue Julio (el dueño del taller), o algún cliente, le dieron una Honda Express 1980. Cuando llegamos a Casares, había varias dando vueltas y le sorprendía lo feas que eran. Tengo el vago recuerdo de que les decía “mosquitos”.

Hace unos 14 años yo tenía 14 años. Mi viejo hacía rato que la había adoptado casi con cariño, y yo hacía rato que le echaba el ojo, para ver si me la daba una vueltita. Creo que una noche se lo dije a mamá, mientras le lustraba la tapa del volante magnético (a la moto, no a mi vieja). Habrá pasado una semana, cuando a modo de regalo de cumpleaños, mi viejo me la presta para hacer mis primeros 100 metros, hasta la esquina y volver. La arrancó él, porque tenía un secreto que hoy por hoy deja a más de uno mirando raro. Al tiempo dí una vuelta a la manzana. Y en poco más, fue costumbre que los domingos fuera a comprar el diario en la moto. La memoria me falla ahora, pero me parece que al año ya la Hondita era mía, y la usaba todos los días para ir a la escuela, y los fines de semana para boludear con Matías por el centro.

Hondita-20150228004

Cuando volví de mi fugaz estadía en Córdoba, no tenía un mango para echarle nafta, asi que me movía en bicicleta. Recuerdo épocas en que a la noche la miraba desde la habitación antes de dormirme, pensando de dónde iba a sacar $15 al día siguiente para tirar la semana. Al poco tiempo conseguí trabajo, a principios del 2006. Largué la bicicleta y la Hondita resurgió no por última vez de sus cenizas. El trabajo en la tornería duró poco gracias al Negro, que me tiró un contacto para laburar desde casa, dibujando con AutoCAD. La cosa mejoró, y la moto se transformó en mi medio de transporte para moverme de una obra a otra. Pero no era un utensillo. No era el celular, o una cinta métrica. Le conocía las mañas, los sonidos, los olores. Sabía viendo por la ventana si le iba a costar arrancar esa mañana. Podía desarmarla, limpiarla y armarla de vuelta como hacen los francotiradores con sus rifles. Con esa confianza empecé a investigar para arreglarla, enmendar un poco todo el maltrato que le di. Y que le seguiría dando.

Un dato, para que se den una idea del tiempo que pasó, la foto de arriba la subí a mi FOTOLOG.

Hondita desarmada

Encontré el diagrama del sistema eléctrico, algunos detalles de mecánica que todavía se me escapaban y con un par de llaves (la muy turra se despieza con una 10, una 12 y un Philips) la destripé. Me la llevé a la casa de mi abuela, que había fallecido poco tiempo antes, y empecé a pintarla. Le despinté y lustré el carter, rehice el sistema eléctrico a mi gusto, le retapicé el asiento, agrandé el tanque de nafta, cambié los rayos de ambas ruedas, aceité y ajusté todo. Gracias a los datos de las fotos, tomadas con el celular de turno, veo que tardé poco menos de un mes.

Hondita armada

Espejos bastante similares a los originales (Honda siempre supo reusar partes de otras motos), filtros, algunos detallecitos en rojo y bastante Blem. Para los que la conozcan, el faro trasero dista medio planeta de ser el original. En algún momento le cambié el original por ese, un Lucas 525/564 original. Mi tío abuelo (o algo así) arreglaba motos, sobre todo motos inglesas. Fue pasando de caja en caja, hasta que un energúmeno lo encontró y lo atornilló a un ciclomotor.

Yo y mi Honda

Lo que aprecian sobre estas palabras es a un servidor innovando en el arte de las autofotos, a la para nada tierna edad de 19 pirulos. Esa remera la sigo usando, incluso para ir a la oficina cuando me olvido que está comida por las ratas. El pelo no lo uso más.

Durante la semana me llevaba a la municipalidad, a alguna obra, a Camuzzi y de vuelta a casa. El sábado la lavaba, le llenaba el tanque y salía a pasear, a sacar fotos. Le hice miles de kilómetros. Que para una moto que apenas alcanzaba en sus años mozos los 50 kilómetros por hora, son muchas horas de uso.

Ocaso - Honda

Calle de tierra y Honda WALL

Vespa y Honda en Casares (2)

Los años y los kilómetros empezaron a notarse. Los repuestos originales son imposibles de conseguir, y fuimos haciendo lo que podíamos, con lo que teníamos. Se le hizo el motor una, dos, tres veces. Empezó a desgastarse la transmisión, perdió potencia, pero sobre todo, le perdí la confianza. No la reconocía. Volví a la bicicleta y a caminar. El óxido, cual verdugo morbosamente meticuloso, empezó a llevarselá. En un último intento por conseguir una pequeña partecita clave para el arranque, le saqué el carter, saqué la pieza y así quedó. Con un jean viejo como mortaja, y una palangana de lágrimas de aceite debajo. Fue a principios del 2009. Poco antes había comprado la D40 y empecé a plantearme irme de mi casa.

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La idea del post era hacer una introducción para lo que pasó hace alrededor de un mes, pero se me hizo largo. Incluso, si tuviera que contar la mitad de las cosas que vivió conmigo el coso este, me echan de internet. La amé y la odié como a pocas cosas he amado y odiado. Era una escapatoria; me alejaba de los problemas a 40Km/h. Recuerdo agarrarla del tanque de nafta y prácticamente revolearla a la vereda, por no haber tenido los huevos para hacerlo a quien lo hubiera merecido. O pasear por el centro sabiéndome el rey del universo. Escribiendo esto, me di cuenta como está tejida en cada cosa que me fue pasando. Me costó mucho encontrar fotos de la moto sola. Siempre aparece en el fondo de otra cosa: de un asado en San Esteban, de una escapada a una estación de servicio a comer algo, o en la entrada de lo de algún amigo.

En unos días sale la segunda parte: Sophia.

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4 thoughts on “Honda Express – Parte 1: La Hondita

  1. Se me hace muy difícil imaginar un Pedro de 17 años sin la Hondita. Es como dice Nico: supieron ser la misma cosa.
    Le faltaba hablar, nomás :’-)

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