Las charlas que me robaron

Nos inventaron hermanos, padres y madres, nos pusieron camisetas y pancartas, nos acorralan con preguntas y dedos que apuntan. Nos exigen que elijamos, que eso demuestra nuestra calidad humana. Piden que nos pongamos de un lado, o del otro. No piden, obligan. Esa decisión será estampada en nuestro pecho, en nuestra frente y será usada como prueba ante cualquier desvío que uno pretenda cometer. Cualquier idea fuera de la doctrina será considerada antipatriótica y se nos culpará con los peores cargos. Dialogar está solo permitido si es con otro camarada, y solo si tratamos temas que ensalcen nuestra bandera. Nos inyectan de las más surtidas maneras que hay agentes antipatrióticos en todos lados. En nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestro gobierno, son vecinos, son primos, son amigos de la infancia que, disfrazados con sus pieles de cordero intentan destruir nuestro proyecto de país. Hay que tratarlos con desprecio, nos gritan por televisión, o de boludos que no entienden. A los boludos hay que explicarles con palabras fáciles por qué nuestro color es el mejor. O más efectivo aún, por qué el contrario es peor. No debemos temer por nuestras equivocaciones, son bien justificadas por nuestros ideales, y no hay que pedir perdón a nadie, por mucho daño que hayamos hecho. Pedir perdón es de tibios. Y eso es peor que cualquier cosa.

Yo soy un tibio. Soy una persona que ve una guerra inventada con el único fin de ganarla. Y en la que no se quiere meter. Todos creen tener la razón y ese no sería el problema más grave, si no que cuando descubren que no tenían la razón, inventan otra batalla paralela para desviar la mirada. Los titulares cambian las palabras pero todos dicen la misma cosa hace años. Estos hijos de puta me quitaron uno de los placeres más grandes que tenía, y era el de conversar. Son cada vez menos las personas que no intentan evangelizarnos y que solo quieren mostrarnos, sin ninguna agenda, su pensar. Para aprender el uno del otro. Cada vez es más difícil charlar porque inflan las pasiones de manera tan gradual que no nos damos cuenta y estamos frente a un fanático. Esa subclase de persona que cree que piensa por si misma, pero que solo es guiado por otros fanáticos con más labia, y que ve la vida con anteojos de otros. Y más arriba de la pirámide, personas con intereses. Pocas veces el malo sabe que está haciendo mal. Pero no por eso los voy a perdonar. Opositores, oficialistas, corporaciones, medios plegados a la pauta oficial, todos ellos han un causado un daño que no se va a reparar en las próximas elecciones, ni en las siguientes.

No tengo tiempo ni fuerza para odiar a nadie. No lo necesito. Siento lástima, siento tristeza y siento impotencia.

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