Otra vez arroz

Claro que sí, otra vez arroz, otra vez el Jardín Japonés. No hay que ser un genio para darse cuenta de que el lugar me gusta por donde lo mires, y de que no me canso de sacarle fotos a todos los rincones que le voy encontrando. Algún día quizás pueda ir a uno de estos tan famosos parques japoneses con su pasto de mesa de pool, sus lagunas y sakuras, gatos y quizás un templo escondido. Mientras tanto, este es el techo del baño de hombres.







Un mes con Instagram

Hoy o mañana, depende cuándo termine de escribir esta entrada, se cumple un mes desde que uso Instagram. La primer foto, en realidad, la tomé y subí el mismo día en que liberaron la versión para Android, el 3 de abril. Recién salía de una reunión en Rosario cuando me llegó el mail avisando de la nueva aplicación. La descargué pese a sus 13 megas bastante rápido, y la primer captura fue la que encabeza la entrada, a través de la ventanilla del auto. De ahí hasta Capital Federal la desinstalé. Pese a que los filtros me gustaban mucho, y que la facilidad de uso no se comparaba con otras apps que tenía para avejentar fotos, no podía moverla a la memoria SD de mi (escuetísimo) celular, por lo que se me hacía imposible usarla sin que a cada rato me saltara el aviso de “poca memoria disponible”. Así pasó el tiempo hasta que ya no recuerdo cómo me enteré que había realizado una actualización y que ahora se podía mover. Joyyyaaa. De ahí en adelante, no he parado de usarla.


La calidad de la cámara que trae mi Samsungcirigillo no tiene parangón con el equipo que impulsó toda esta cuestión instagramera, el iPhone. Pero gracias a justamente al pobre desempeño, he logrado darme un poco de libertad a la hora de no atarme a que si tal o cual foto quede bien enfocada, o trepidada o si las sombras estarán muy empastadas o con ruido. Simplemente disparo a lo que me interesa, buscando la manera de sacarle todo el provecho posible, y después le pego uno de estos stickers pa que quede bonito.


Arte a parte encontrar qué filtros van bien con qué luz y cuales disimulan mejor que otros lo pobre que soy a la hora de componer. Arte a parte, además, es desarrollar cintura para esquivar comentarios acerca de que esto no es fotografía, que solo es una moda, que los colorines, que el celular, que la era digital, que la pintura rupestre. Lo siento mucho señores, y aunque los entiendo, esto es divertido, y más divertido es escucharlos hablar bobadas mientras yo saco fotos.




Y no podemos hablar de Instagram sin mencionar la sub-adicción a sacarle fotos a la comida…

Y a la idiotez humana.

Saludos gentío!
Un domingo cualquiera
Cosas que se te ponen delante en un pequeño tour citadino que nos hizo variar desde Plaza Italia hasta Plaza Serrano pero por la vía complicada.



Esta última huevadita me ha caído en gracia y que no sorprenda si ven este nefasto recurso utilizado en otra oportunidad.
Grande de muzza

No era exactamente pizza lo que comimos esa noche, aunque tenía los ingredientes básicos.
Esta es una de esas fotos que tenía ganas de hacer, pero que por uno u otro motivo nunca hice. De noche, con lluvia, colores, reflejos, un par de personitas, la incomodidad, el apuró y decir “pucha, me gusta”.
Que la semana siguiente me la haya pasado moqueando y medio muerto en una cama no le quita el gustito, ojo.
La Plata

Lunes. Desde noviembre que no pisaba tierra platense. Usualmente es para tomar unos mates con la flia Zánzero, pero esta visita a Marquitos se la debía hace ya un año y pico. Aprovechando el fin de semana largo, estirado hasta el jueves gracias a un señor de blanco y un hisopo ridículamente largo, nos tomamos un micro con el aire acondicionado a todo trapo hasta La Plata, y de ahí caminamos por 4 hasta el edificio con ladrillo visto.
No hay fotos de la picadita que nos pusieron enfrente Marcos y Mariana porque estaba muy entretenido devorándola, pero si del paseo que vino a continuación.


Porque en La Plata todo tiene números.

Marquitos

Mariana, quien ya ha demostrado en varias ocasiones que odia que le saquen fotos, pero ahí sale toda sonriente sin más.




Cinemagraf
Hoy refrescó y no necesité el ventilador. Hasta la ventana abierta me molestaba. El verano ya está adentro nuestro y cualquier baja en la temperatura nos hace creer necesarias las bufandas, pero si este clima se presentara en junio saldríamos en bermudas y ojotas. Algún auto pasando por la casi siempre concurrida avenida, el chirrido agudo y débil de la heladera, sonidos de canillas tan lejanas que parecen mentira. Me levanto de la cama a ver por la ventana, un helicóptero pasa más bajo que de costumbre. Por los colores, la dirección y el horario, siempre pienso que es la presidente de todos y todas volviendo a casa, pasando por encima de los que se toman el 41. De vez en cuando el eléctrico se acerca por detrás del edificio de Telecom, aunque está llegando la hora en que pasan cada vez menos hasta no pasar. Escucho fuerte las teclas de la compu mientras los dedos de mis pies asoman por detrás de la pantalla. Casi podríamos decir que estoy en silencio. Un bien raro, bien raro.
Una tarde estaba sentado en el subte y me quedé viendo el techo, mirando como las luces pasaban siempre una atrás de la otra, dibujando un abanico y de vuelta a la oscuridad. Recordé las veces que andando en auto me quedaba mirando cómo los árboles y las lámparas pasaban como si fuera un eterno bucle solo cortado por una esquina, un semáforo o una caca de paloma. Siempre quise filmar eso. Hacer un gran video de cosas pasando una y otra vez. Con mi cámara y mi presupuesto lo único que podía hacer era sacar muchas fotos, una atrás de la otra y armar un timelapse cámara en mano, quizás un gif como armé aquella vez. Pero la luz que me llama la atención siempre es mala, y como casi todo, nunca tengo ganas. Tiempo después explotó en la internetta la moda de los cinemagraph. Yo no sabía cómo lograrlo, ni la estética, no quiero decir que me robaron la idea o que pensé esto mucho antes de que se pusiera en onda, no soy tan hipster. Los engendros fotográficos estos son casi escalofriantes. Esto es un paisaje de edificios como cualquier otro, pero los que tienen gente son realmente espeluznantes. Hay un silencio que nos pone incómodos, pero que a la vez nos da paz. Como cerrar la ventana.
.2011

Arranqué el 2011 sabiendo que iba a terminar. De alguna manera u otra este día iba a llegar y yo, con mucha seguridad, iba a estar escribiendo esto. Teclear estas palabras, en esta mesa, este 29 de diciembre, no es algo que no esperara. Es más, podría decirse que lo planeé.
De la cantidad de cosas que pensé e imaginé, no planeé que de los 345 días que llevo al día de la fecha morando esta ciudad, solo pasé 15 sin trabajo. Trabajo que incluso he llegado a disfrutar, aunque eso se deba en su mayoría a la gente que tengo alrededor en esa oficina. No a toda, pero si a mucha. Descubrir que soy capaz de hacer y no hacer tantas cosas fue interesante, y va a seguir siéndolo, porque va a seguir pasando. Pensé en que iba a aprender mucho, pero no creí que iba a tener los maestros que tengo. Hice de todo pero no tanto como imaginé, en eso mi cabeza tiene mucha cancha. Irme de este techo que tanto hizo por mantenerme abrigado era la idea, solo que no pensé que me iba a ir así (lo dulce y lo amargo). No me creía capaz de causar tanto daño o tanto bien. Aunque imaginé que cuando volviera a mi pueblo iba a ser bajo los lineamientos de visitas a veces obligadas o a veces por simple deseo, todavía me cuesta descubrir lo lejos que quedó Kansas.
No me quejo. Fue quizás el año que más me marcó de estos 24 y pico que llevo pisando tierra. El 2002 perdió por olvido, el 2005 fue único, pero este fue el inicio. Con este empezó algo que no creo que pueda frenar ni yo, ni la cantidad de miedos que tengo en la mochila. Miedo a cosas que no llegaron, cosas que no fueron tan graves.
¿Cómo sigue esto?. Estas semanas vi cómo se cerraban muchas cuestiones pendientes, y cómo con ellas, se abrían otras. Calculo que el 2012 será pelear con este nuevo paradigma. Los bondis ya los sé tomar, me perdí lo suficiente en el subte, logré que no me balearan en una esquina por $2. La metrópolis no tiene muchos más aces bajo la manga. Esta vez mi rival es otro, y tiene una ventaja: vivió detrás del espejo toda mi vida y me odia por dejarme este bigote y esta panza.
Saludos a mis 4 lectores, incluso a esos que llegan al blog buscando “calle” en Google. Espero que el 2012 termine mas o menos un año después de que arrancó, y podamos cometer los excesos que nos parezcan adecuados para festejar que la peleamos tanto o más que el pasado 2011.
El hombre que da de comer a las palomas

Lo que me costó parir esta foto… La hice hice hace casi exactamente un mes, un sábado de eso de paseos por la ciudad. Salí con la consigna de hacer muchas fotos, debido a una conversación que tuve noches antes con Mati, a quien le estoy debiendo una cena y él un pisco. El proyectito medio quedó en la nada de mi parte, sobre todo por un impedimento en la tecnología, también conocido como la D40 no es lo más copado para disparar a lo ametralladora. Pero ahí estamos, a la espera de ver qué se puede seguir haciendo.
Me fuí por las ramas; esta foto. El hombre, aparentemente, camina por las calles porteñas con bolsas de maíz y les da de comer como si de huerfanitas se tratara. Tratase. Tratara. Tra ta lará lará. Macri intenta que los halcones se las coman, y este buen señor las alimenta para que pesen más que el lechón que comimos para Navidad.
Entre otras cosas: primer Navidad sin sanguchón de mi vieja, primer Navidad tomando colectivos en vez de subirme a autos de ebrios amigos, primer Navidad con Sari en vivo y en directo. Año nuevo nos vamos pa allá.
Egreso
Emociones encontradas me surgen al encontrarme con estas cosas. Por un lado no dejo de pensar qué bien se debe sentir terminar una cosa así, algo que teóricamente uno anhela durante años, por fin realizado. No veo motivo mayor para festejar. Y por el otro, respiro profundo buscando la paz de una plaza, y me llegan olores dignos de heladera de soltero, piso una pasta parecida a algo que durante mi adolescencia dejé en muchas esquinas después de una noche demasiado larga, y por sobre todas las cosas, pienso en toda esa comida tirada en esa misma plaza donde suelen dormir personas que no les vendría mal un par de huevos fritos. Pese a eso, una ventosa y fría tarde de diciembre (este clima, este clima…) me dediqué a retratar un poco lo que pasaba.






Un paseo

Un lindo jueves con 28º del lado de afuera se me ocurrió que era una excelente idea armar una mochilita, ponerme los cortos y salir a pedalear un rato. La verdad es que fue medio exagerado andar con ese peso encima, pero ya que llevaba la cámara, justifiquemos por si las moscas. Ahora que estoy más quieto que hace unas horas, recuerdo algunas anotaciones que no hice en ese cuadernito negro, simples conversaciones que tengo en voz alta con la heladera mientras lavo los platos, acerca de la bicicleta. Hasta se me ocurrió pensar que era el prólogo de un libro. No recuerdo exactamente que gansadas estuve dictando a esta secretaria enorme y llena de imanes, pero básicamente era de lo bien que se la pasa en ese rombo de caño, de cómo los problemas se alejan a cada patada pero solo para verse más claros. De cómo el viento cambia en cada esquina dándote nuevas ideas y nuevos peinados (eso si tuviera pelo). Quizás tenga que ver con la concentración que se necesita para no ser pisado por algún conductor de automóvil que cree que las calles fueron hechas para él/ella, o en esquivar baches que harían volar la mitad de tus dientes. Ni hablar de esa cosa mágica te recorre las venas cuando apurás el tranco para pasar un camión, o cuando te reencontrás con el sillón y decidís que bien podrías pasar el resto del día ahí. Es lindo andar en bici.




Según Google Maps y mi precaria memoria, fueron alrededor de 24 kilómetros.
Puerto Madero

No, esto no es un render que robé de alguna página de arquitectura. Ese aspecto artificial, creado, es propio del lugar. Las cosas parecen puestas a propósito. Y lo están. Fueron elegidas por un grupo de varias decenas de arquitectos y demás profesionales para que ese pedazo de río ganado, otrora un lugar horrible para estar más de media hora sin un facón en el cinturón, se convierta en una postal de una ciudad que no existe, sin un alma, custodiada por un gusano amarillo que no hace más que ser visto. Los puentes que se corren a modo de fortaleza, argumentando ser móviles para dejar pasar botes grandes, son la única manera de llegar desde el nudo de humanos y cemento que habitamos el resto.
Mañana de fóbal

Yo fútbol no, gracias. No tanto porque no la pase bien jugando, son los que juegan conmigo los que no la pasan bien. Lo mío es más una acción benéfica a los pobre pibes que quieren pasar una linda tarde pateando una pelota, no da caerles con mi asombrosa falta de coordinación ojo-cerebro-pie. Aunque esta vez había una limitación insondable que me prohibía pararme en la cancha: fútbol femenino. Una buena amiga de mi novia, Pau, jugaba con su equipo de la facu y nos invitó a ir a verla junto con otros amigos a Ciudad Universitaria. El momento dramático fue cuando se acercó Pau a preguntarnos (a mí no, claro) si alguna podía entrar a jugar, porque no completaban el equipo!. Eva fue la que salió seleccionada.

Las de verde, el equipo de Odonto+Danzas árabes. Las de azul, creo que Filosofía. En primer plano, con la casaca 9 está Pau, y detrás con la 11, Eva.





El resultado… Bueno, que lo digan ellas en los comentarios (en Facebook probablemente).
Museo del Bicentenario

¿Tengo que mencionar que llegamos de casualidad?. Íbamos a Costanera Norte, pero en el camino pasamos por San Telmo y ahí nos bajamos. Paseamos por ahí, comimos alguna cosita y seguimos caminando hasta darnos de frente con la Casa Rosada. Vimos gente entrando, como para una visita guiada. Pero me llamó la atención atrás de la casa rosa viejo, había unos techos raros y una cola mucho más chica. A ver qué pasa.
Resultó ser el Museo del Bicentenario, un lugar con una arquitectura bien modernosa por fuera, y las ruinas de la Aduana por debajo. Lo lamento por la cantidad de historia que hay ahí debajo entre los mismos ladrillos, hasta el sombrero de algún presidente, pero el olor KaPeroncho que se siente es un poco denso. Puede que se escuden en que uno arranca por los primeros años y luego llega a la actualidad, pero el diseño es otro y la gente no lo usa así. Camina por el corredor principal, con cuadros, ruinas y autos hasta el final, donde dobla y arranca por un muy buen puesto sector dedicado a la presidencia kirchnerista, y empieza a volver yendo de los últimos años, pasando por Duhalde, Menem y Alfonsín, hasta los primeros años de esta tan gauchita nación.
Pero bueh, que yo me dedico a otra cosa.





Jardín Botánico
Lo pasábamos por al lado yendo al Jardín Japonés, a los lagos de Palermo, a esa plaza enorme que hay por ahí, lo pasábamos cuando de casualidad caíamos en Plaza Italia por seguir calles que no conocíamos, lo vimos de día y a la madrugada, pero no entrábamos. Hasta que un buen día, entramos.
Por suerte esta especie de bloqueo se me está pasando, así que en cualquier volveremos a caer y haremos algo un poquito más en serio.






Y por qué?
Si me quedó algo del curso de foto documental que terminé hace un tiempito, fue que si uno está vacío por dentro, sus fotos (y cualquier cosa que surja de adentro) estará igual de vacío. La técnica y la oportunidad son flacas ayudas a la hora de meterle algo a una foto que jamás tuvo nada. Ni antes de ser tomada. Y siento que por eso dejé la cámara de manera tan compulsiva. Me estoy llenando. El venir a Capital Federal fue un choque bastante grande y me volqué de golpe. Libros, música, películas y por sobre todo, buenas conversaciones me van llenando de a poquito. Seguramente esa sea la respuesta a mi gatillo difícil. La cámara la tengo siempre en la mochila desde hace casi un mes, e incluso pensé en comprar una compacta para tenerla más a mano, pero caí en la cuenta que la pobre cámara del celular me da justo lo que necesito. No me quiero complicar más, quiero hacer fotos y ya. Un par de clics, tengo la foto, otro par de clics, está cortada y editada. De ahí que esté dando tantas vueltas para armar este mosaico zonzo que tienen acá debajo.

Arq.

Se me volvió a dar esto de prestar atención a los lugares en donde vivimos o trabajamos. No se si el día de mañana esto se termine transformando en un trabajo con principio y final, pero siempre me interesaron las líneas tan geométricas de los edificios y las perspectivas que pueden generar a nivel del piso.
Reconozco que es sumamente aburrido, y el mejor ejemplo es que esté subiendo solo esta imagen. Junté varias similares y se me cerraban los ojos. Incluso intercalé alguna que saqué en el Planetario el pasado domingo y ni así funcionaba el asunto. Es una de estas fotos que quedarían bien de fondo de pantalla o colgada en una pared en un tamaño ridículo, pero así y todo pasaría sin pena ni gloria. Y quizás por eso siempre terminé autocensurando mis fotos de edificios, que a pesar de que muchas de ellas me gustan, son un verdadero bodrio.




















